No puedo decir que no supiera su terrible situación antes de conocerle. Todos me dijeron que estaba moribundo y que, a pesar de su buen aspecto, solo le quedaban unos pocos meses de vida. Puedo y debo decir que me alegra haber podido conocerle a tiempo.

De él se puede decir que no era una persona que daba su amistad facilmente, de esos que regalan abrazos y alegatos de eterno compañerismo al instante de conocerte. No, él no solo no solía caer bien cuando le veías por primera vez, sino que además te absorbía hasta el punto de aislarte completamente de otros amigos o familiares. Practicamente te exigía que abandonaras todo si querías su aprecio.

Y así lo hice. Durante nueve meses le dediqué toda mi vida, dejando todo atrás. La verdad es que no me arrepiento. Bien es cierto que los primeros días tenía mis dudas acerca de cuanto podría enseñarme una persona así, si realmente merecía la pena el sacrificio… y ahora puedo afirmar con rotundidad que sí.

Habrá quien intenté hacerme creer que estoy bajo la influencia de un sindrome por culpa de una amistad que, si bien no ha sido excesivamente larga, si que ha contando con numerosas y buenas experiencias. Quizá se me acuse de recordarle a menudo y sacarlo en conversación, sí, pero… ¿que voy a hacer si he compartido con él los ultimos nueves meses de mi vida?

Asi que por todo eso y mucho más, descansa en paz amigo Erasmus.