Corría el año 98 y Nintendo lanzaba Mario Party para Nintendo 64. Para aquellos que rechacen juegos que usen mas de ocho colores, el juego era uno de los ahora tan famosos party games donde debíamos ir por un tablero recogiendo estrellas, monedas y demás a base de jugar minijuegos al final de cada ronda de la partida.

Una pequeña parte de estos minijuegos requerían girar el stick analógico en círculos para salir victoriosos, y la forma más fácil de hacerlo no es con el pulgar, sino con la palma de la mano. Era cuestión de tiempo, y al final varios niños estadounidenses se quejaron amargamente por, cito textualmente de la nota de prensa original: quemaduras, laceraciones, punzamientos, cortes, perdidas de sangre, desgarramientos y abrasamientos en la piel. Ahí es nada.

En total unos 80 padres se quejaron de estos pequeños incidentes en las manos de sus hijos y Nintendo no tuvo más remedio que ofrecer hasta 4 pares de guantes a cualquiera que hubiera adquirido Mario Party y lo pidiera. Si todos los compradores de Mario Party hubieran exigido sus cuatro pares de guantes, Nintendo habría perdido 80 millones de dolares con la tontería, pero al final unicamente cuatro gatos, un mono y una pareja de codornices pidieron sus guantes anti-quemaduras, asi que no fue para tanto. Y es que los idiotas acaban por hacer mucho ruido, por muy pocos que sean. Attention whore los llaman.

Ni qué decir que en las posteriores entregas de Mario Party no hubo (ni habrá) un solo minijuego que requiriese girar el stick analógico. Ah, y por supuesto ningún padre europeo o japonés se quejó jamás de algo así.

Aportando mi granito personal, debo reconocer que yo fui uno de los jugadores que portaron una vez una llaga en la palma de la mano por ser demasiado competitivos (consuelo de tontos, pero mis compañeros de juego estaban igual o peor que yo). Y como yo, estoy seguro de que muchos fueron los jugadores no americanos que acabaron así (o al menos eso quiero pensar). La diferencia es que un padre normal (o no-americano) sabe que la culpa no siempre es ajena a su propio hijo.