La conjura de los necios
Cuando en el mundo aparece un genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.
- Johnathan Swift
Después de terminar El niño del pijama de rayas (definitivamente, no era para tanto), he empezado uno de esos clásicos modernos: La conjura de los necios. Del libro por ahora no puedo hablar (20 páginas leídas), pero si de la curiosa historia que lo sacó a la luz.
La conjura de los necios fue publicada once años después de que su autor, John Kennedy Toole, se suicidase. Cómo llegó la novela a manos de un editor es lo sorprendente, porque Toole no hizo en vida, y mucho menos desde la tumba, el más mínimo esfuerzo por darla a conocer.
La solución al problema, como en tantas ocasiones en la vida de cualquier ser humano, vino por parte de una madre, en este caso la de Toole. La señora había leído el manuscrito después de la muerte de su hijo, y le gustó tanto que removió cielo y tierra para contactar con el escritor Walker Percy para que leyese el libro.
Percy eludió con notable habilidad las mil y una llamadas de la señora que insistía en que leyese la obra de su hijo ya muerto, hasta que un día esta se presento en el despacho y le tiró, imagino, el libro a la cabeza para que le echara un vistazo de una vez.
Viendo que no podría librarse de la señora con las tradicionales largas, Percy decidió comenzar la lectura, convencido de que un par de páginas bastarían para deshacerse de la mujer alegando poca calidad en la obra. El final de la historia os lo podéis imaginar, descrito por el propio Percy en el prólogo:
[...]En este caso, seguí leyendo. Y seguí y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarlo; luego, con un prurito de interés; después con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena.
La conjura de los necios se publicó en 1980. John Kennedy Toole recibió, póstumamente, un premio Pullitzer en 1981 por la obra.
Foto de donnalethal de la estatua que tiene el protagonista de la obra, Ignatius Reilly, en Nueva Orleans
Por estos días...
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Comentarios (2)
A raiz de la primera cita entiendo por qué admiro a los escritores.
Son capaces de poner en orden las palabras.
Cuando lo acabes me lo pasas!! :)
@Vito, sí, tienen una irritante facilidad para expresar su ideas. Malditos…
Lo del libro esta hecho ;)


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