De un tiempo a esta parte he visto pocas series que consiguieran engancharme de verdad; pese a que reconocía que muchas de ellas eran muy buenas, ninguna conseguía convencerme para dedicarle el tiempo necesario para seguirla. Y es que actualmente el tiempo vale mucho, y dedicarle 40 minutos a los 23 capítulos de rigor por temporada de cada serie hace que haya que pensárselo dos veces antes de engancharse a alguna. Teniendo eso en cuenta, merece la pena dedicarle el tiempo a True Blood y disfrutar con ella.

True Blood es una serie de Alan Ball, creador de A Dos Metros Bajo Tierra y guionista de esa maravilla de los noventa llamada American Beauty, que nos cuenta como los japoneses han desarrollado una sangre sintética que puede alimentar a los vampiros, con lo que estos no tienen porqué seguir ocultándose y deciden mostrarse a la humanidad. La historia transcurre en un pequeño pueblo de Luisiana y tiene toques de thriller, fantasía y telenovela, tratando temas como el sexo, la intolerancia o el miedo a lo desconocido, y todo ambientado en una sociedad sureña cuasi-distópica. Ahí es nada.

La serie, en realidad, no sería nada del otro mundo de no ser por Alan Ball. Es decir, el argumento es más bien del montón, incluso previsible, pero la realización, banda sonora, el ritmo, el tratamiento de los personajes, fotografía, actores y banda sonora (sí, he puesto dos veces la cuidadosamente seleccionada banda sonora) son de alguien que sabe muy bien lo que se hace, en este caso el señor Alan Ball. Esta serie en manos de, digamos, Tim Kring hubiera sido un despropósito.

Incluso el tema vampírico, trillado a estas alturas, está resuelto con elegancia y consigue despertar interés en el espectador, todo un logro teniendo en cuenta que pocas cosas quedan sin contar de los chupasangres. A esto ayuda que el mito del Vampiro sea lo suficiente moldeable como para sorprendernos en alguna ocasión.

Bajadla y dadle una oportunidad. Si no os llama la atención, al menos descargad la banda sonora; en eso no tenéis excusa.