Hace poco leí una historia en Rework sobre Winamp. Contaba como al principio de los tiempos, cuando Geocities era lo más y no había modernos, Winamp era un proyecto de gente joven que prácticamente pasaba de todo y estaba ahí por el mero hecho de pasarlo bien. La anécdota que mejor representa este espíritu de paso-de-lo-que-pienses es como en las notas de una de las actualizaciones del sistema ponían como mejora Most of the stuff actually works (“La mayoría de las cosas funcionan y todo).

Con el tiempo, Nullsoft, la empresa desarrolladora, fue comprada por el gigante AOL. Cuando los señores con traje y corbata tomaron cartas en el asunto, esos mensajes tan graciosos fueron sustituidos por otros más neutros y cuidadosamente elegidos para no ofender a nadie. En ese momento, Winamp perdió mucho de su espíritu inicial. Se lo empezaron a tomar demasiado en serio.

Pienso muy a menudo en esta historia porque a mí no me gusta tomarme las cosas demasiado en serio; de igual forma, me gustan las cosas y los detalles de empresas y personas que tampoco se toman las cosas demasiado en serio. Me gusta ver a Google haciendo locuras el April’s Fools Day, y me gusta que Fangamer regale en cada envío una hoja con un garabato mal dibujado a mano dedicado a ti. Y esto me gusta porque son genuinos. Porque ni 100 community manager con 500 estudios de marketing capturarán jamás esa frescura.

Es por eso que me encanta Portal 2. La mecánica de juego es muy original, pero podría habérsele ocurrido a cualquiera. Los puzzles son buenos, algunos realmente de genio, pero podrían ser mejores. Los gráficos cumplen, pero podría pasar por de uno de los primeros juegos de esta generación.

Lo que realmente me hace decir que Portal 2 es de lo más disfrutable que se ha hecho es lo que nunca se podrá asociar a un numerito en un apartado de un análisis. Es notar con total seguridad que están jugando contigo, que se ríen de ti y de tus expectativas como jugador. Es reír a carcajadas con algo que EA hubiera eliminado por hiriente o que SquareEnix hubiera metido en un FMV. Es, en definitiva, ver a una empresa que todavía no se lo está tomando demasiado en serio.